NIHILISMO II

 



El nihilismo no siempre se presenta como un abismo dramático. A veces es más discreto: una distancia, una especie de ruido de fondo que hace que todo parezca un poco artificial. Una sensación de que las estructuras que organizan la vida —las metas, las normas, las certezas— no tienen tanto peso como aparentan.


No es una revelación, ni una postura heroica. Más bien, una sospecha constante de que muchas cosas que se dan por sentadas podrían no tener sentido real. Que lo que llamamos “verdad” es, en muchos casos, una construcción cómoda. Y que detrás de todo eso, lo que hay es vacío. No necesariamente oscuro, pero sí inevitable.


Eso no significa rendirse, ni dejar de sentir. Solo cambia la forma de mirar. Cuestiona. Obliga a ir con cuidado con las palabras grandes y a aferrarse menos a lo que promete seguridad.



En medio de eso, el arte aparece como una de las pocas cosas que todavía conserva fuerza. No porque sea verdad, sino precisamente porque no necesita serlo. El arte no da respuestas, pero permite habitar preguntas. Nos expone a emociones, a ideas, a situaciones que no son nuestras y, sin embargo, nos afectan. Tiene la capacidad de provocar algo auténtico a partir de lo inventado.


Y en eso hay una paradoja difícil de ignorar: que lo único en lo que confío, lo que me parece importante, sea algo intangible. Algo ficcionado, subjetivo, no utilitario. Que lo único que se sienta real sea, justamente, lo que se construye sabiendo que no lo es del todo. Es casi un disparate. Pero también es lo más honesto que encuentro.


El nihilismo no desaparece. Pero con el tiempo deja de ser una amenaza y se vuelve una base más desde la que mirar. Una forma de estar sin fingir certezas. No se trata de buscar sentido en todo, sino de reconocer que, aun sin sentido, algunas cosas merecen ser hechas. Y algunas emociones, aunque no salven nada, todavía importan


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